Jose  María  Berzosa, ese  gran  cineasta  albaceteño  en  la  diáspora  francesa,  ha  ejercido siempre  en  sus  películas  una  profunda  reflexión,  inédita  en los  cineastas  españoles, sobre  la  tradición  cultural  española,  para  poner  siempre en  cuestión  los  juicios  y  la utilización de esta misma tradición por parte del poder político, con más hincapié en  la dictadura fascista. Esta reflexión tiene dos fines sucesivos: el primero, intentar mediante el ensayo fílmico, realizar una reconstrucción de carácter estético  sobre el arte español, y  después,  la  deconstrucción  de  los  mitos  que  habían  sido  utilizados  por  el  régimen franquista  como estandartes  de  los  valores  eternos  y  universales  en  el  que  lo  político queda en primer término dejando un poco de lado la reflexión estética. 

 La intención de Berzosa siempre ha sido ver qué queda, filmar las ruinas de la españolidad, sin complacencia, con respeto pero también con cinismo. En sus películas Berzosa intenta construir teorías que expliquen los mitos españoles, el mito de España, para después desmantelar esa misma teoría.  Pero lo importante en la obra de Berzosa no son sus temas, sino el modo. Y el modo de Berzosa es anárquico, asistemático, desordenado. Se ha hablado mucho del barroquismo de las películas de Berzosa, relacionándolo con la tradición cultural hispánica. Y seguramente sea cierto “De la obra de Berzosa se puede decir que sus orígenes españoles y su tendencia libertaria, le orientan hacia la insolencia y el barroco”, dice Guy Gauthier.

 Todas las películas de Berzosa poseen una estructura de collage, un collage incluso a veces no bien ensamblado, donde chirrían, donde se hacen notar los cambios de registro, los diferentes elementos. Entrevista, recreación, archivo, voz over sobre paisaje, todo se mezcla intentando componer finalmente una unidad. De ahí la importancia del chirrido, pues Berzosa busca en sus películas siempre un punto de fricción, una fractura que haga al espectador tomar consciencia de en qué situación está: viendo una creación en la que su autor maneja los hilos, y por tanto, maneja también el discurso. Esta fractura desenmascaradora es deudora de su compromiso político, compromiso indisociable de su cine. 

 Y todo ello tejido con una socarrona ironía, una sonrisa de medio lado, lo que nos lleva quizá a la característica más definitoria de Berzosa, de su tono, de su cine: la irreverencia. Berzosa apuesta siempre por temas ambiciosos en los que muestra que, al final, todos somos igual de mediocres, que, como muestra en Rouge, Greco, rouge, los cuadros se quedan negros porque se les limpia el polvo con aceite.

 Rouge Greco Rouge (1972), el sábado 22 de octubre, a las 18 horas; Zurbarán: la vie de moine et l’amour des cosas (1973), el lunes 24, a las 18 horas y Mourir sage et vivre fou (Don Quichotte) (1973), el sábado 29, a las 16.30 horas, serán las proyecciones que tengan lugar, todas ellas en la Sala Mercedes Benz-Abycine (Sala Capitol), integradas en la programación de Abycine 2016, que tendrá lugar del 21 al 30 de octubre.