Le vemos apasionado por su trabajo y apreciamos su gran experiencia en la edición y realización. ¿Cuándo empieza su fascinación por el cine?

La fascinación por el cine empieza muy pronto, en la infancia. Yo creo que es común a mucha gente de mi generación (que no teníamos ordenadores ni consolas en casa cuando éramos niños), y seguro que mucho más aún para los de generaciones anteriores (aquellos que de niños tampoco tenían el aparato de televisión). En la infancia el cine era la apertura a otro mundo, la puerta que se abre y te permite adentrarte en el sueño sin dejar de estar despierto. Es una experiencia muy fuerte, un trance muy poderoso. Ahora que digo esto creo que para mí sigue siendo importante esa noción, la de que una película ha de ser ante todo una experiencia, un trance, como un viaje, con capacidad de transformarte.

 

Y se va creciendo también como espectador.

Más adelante, cuando vas creciendo como espectador, el cine, como las otras artes, es también un diálogo con otras miradas, con otras sensibilidades, una manera de ensanchar tu experiencia del mundo mediante esas otras miradas de tus semejantes a quienes, en la distancia y sin conocerlos personalmente, acabas por sentir como amigos o hermanos o maestros.

 

¿A qué edad empezó Ud. a plantearse la posibilidad de dedicase al cine profesionalmente?

Yo ya tendría unos 23 años cuando pensé que esto del cine podría ser algo a lo que dedicar mi energía, y me presenté a los exámenes de ingreso de la EICTV (San Antonio de los Baños, Cuba). Estudié allí dos años y me gradué en la especialidad de “Montaje” o “Edición”, no porque tuviese vocación de montador, sino porque intuí que desde esa posición, en la sala de montaje, podría aprender mejor acerca de qué es el cine, cuáles son sus gramáticas, cómo se escribe con imágenes y sonidos.

 

Hablamos del cine independiente como aquél que está fuera de las grandes distribuidoras que apuestan principalmente por grandes objetivos comerciales, y que por esta razón, y no por calidad artística, tiene muchas más dificultades para llegar al gran público, es decir, a todas las audiencias.

Hay un tipo de películas que se conciben como productos de entretenimiento y consumo, y que como tales están dentro de una lógica de mercado que privilegia el beneficio, lo cual se convierte en un condicionante que lleva a productores, distribuidores y exhibidores a buscar fórmulas que funcionen, para repetirlas y asegurar la taquilla. Hay otro cine que se realiza desde otro lugar, más respetuoso con el cine como arte, más personal, más libre. Está muy bien que existan ambos.

 

Pero el cine independiente está en desventaja con respecto al cine industrial. ¿Cómo equilibrar la situación?

El tema es que comparten los mismos espacios de exhibición -salas de cine, televisión, plataformas digitales-, y se disputan esos espacios en condiciones desiguales, pues el cine industrial cuenta con recursos para la publicidad (que es muy costosa y determinante en los resultados de taquilla) y el cine independiente no dispone de esos recursos, con lo cual, es muy difícil que el gran público se entere siquiera de que existen esas propuestas. Es ahí donde las instituciones culturales pueden ayudar a equilibrar la situación, no sólo apoyando la producción, sino tratando de dar visibilidad a esas películas que tienen la audacia y la calidad artística, pero que no disponen de medios para publicitarse y darse a conocer.

 

Su caso es un ejemplo de trabajo en colaboración, para hacer películas con elementos sencillos y buenos resultados. ¿Con quienes colabora para hacer cine? ¿Qué tienen en común?

En la Escuela Internacional de Cine y Televisión (San Antonio de los Baños, Cuba) hice buenos amigos. Con aquellos con los que tenía más afinidad trabajaba regularmente en los cortos y ejercicios que íbamos haciendo, de alguna manera hemos crecido como cineastas juntos, compartiendo experiencias, intercambiando pareceres, dándonos a conocer películas que descubríamos, etc. Y algo bonito ha sido que hemos sido capaces de mantener esas relaciones de intercambio y colaboración una vez que salimos del ámbito de la escuela de cine.

 

¿En qué se ayudan principalmente?

Sin serlo, funcionamos un poco como un colectivo, somos más o menos versátiles, es raro que alguien se ciña a un sólo papel a lo largo de un tiempo prolongado, según el caso dirigimos, editamos, producimos, escribimos, fotografiamos… (me refiero sobre todo a un grupo de amigos que tenemos en común el paso por la EICTV y que de manera más o menos frecuente trabajamos juntos, como José Alayón, Mauro Herce, Eloy Enciso, Irene Gutiérrez, Théo Court, Irene Borrego, yo mismo…). En el caso de ‘El mar nos mira de lejos’ también he trabajado con José M. Rodríguez y Sara Sánchez, de Azhar Media, una productora de Sevilla que ha sido clave en la producción a lo largo de todo el proceso.

 

¿Cuáles son las ventajas de esta relación?

La mayor ventaja es que nos entendemos y lo pasamos bien, es una forma de trabajar más bien horizontal, apasionada, divertida, y también muy exigente y dedicada.

 

Manuel Muñoz Rivas (Sevilla, 1978) es un cineasta afincado es España. Tras licenciarse en Ciencias de la Información en la Universidad de Sevilla, se instaló en Londres, donde realizó sus primeros vídeos y cortometrajes, con espíritu amateur y en torno a la juventud de la capital inglesa en el año 2000.

Se trasladó entonces a Cuba, donde ingresó en la EICTV, la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, de donde egresó en 2004 tras cursar la especialidad de Montaje. 

Desde entonces ha co-escrito y editado películas como “Dead Slow Ahead” (2015), “Slimane” (2013), “Arraianos” (2012), “Ocaso” (2010), y ha realizado algunos cortometrajes, como “Pájaro” (2014), “Con el viento” (2009) o “Sendero” (2008).

Alterna su actividad como cineasta con la docencia, impartiendo talleres desde 2010 en lugares como la EICTV (Cuba), FUNGLODE (República Dominicana), ULL (Universidad de La Laguna, Islas Canarias). “El mar nos mira de lejos” es su primer largometraje.